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Se cumplen 41 años sin Ariel Ferraro

«Nosotros somos y seguiremos siendo los testigos sagrados de lo que nunca fuimos» : Ariel Ferraro, el poeta sin tiempo

Por Silvia Majúl

«Sabemos que los poetas son los profetas del pueblo; ya lo decía el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. Sabemos de lo imperecedero del arte, pero en Ariel Ferraro sentimos lo difícil que es mapear su poesía sin que haya cuerpo sin palabra, tanto como que haya palabra sin cuerpo.
La obra de Ariel Ferraro muestra una ventana abierta. Una hendija por donde el cuerpo hecho palabras entra con textos de filosofía, de naturaleza, de esperanza; algo así como caminar por un campo de esdrujulidad a cielo abierto o en el desierto.
Escritor, periodista y docente. Ferraro recibió elogiosos comentarios de los mismos Hermann Hesse, Fernand Verhesen, Vicente Aleixandre y Federico de Onís, especialmente en España, donde se exilió en 1977. Fue Doctor Honoris Causa en Literatura Sagrada y en Humanidades, y laureado en Historia del Arte. Fue miembro de la Sociedad Argentina de Escritores, institución que le otorgó la Faja de Honor por su libro La música secreta (1962).
Hace unos años, cuando estábamos comunicando dos álbumes que su amigo Ramón Navarro le dedicó, Alba Rosa Lanzillotto -su amor de toda la vida, la madre de sus hijos y uno de los rostros fundamentales de Abuelas de Plaza de Mayo- decía: «Me doy cuenta de que a los 19 años, cuando él ya me escribía poemas, había recorrido apenas una pequeñísima parte de su camino en el conocimiento de la literatura, de la obra de los grandes poetas que lo formaron».
«En La Rioja siempre hubo un director de Cultura y una Dirección de Cultura (con presupuestos, empleados, archivos y legajos), pero todos sabíamos que, en realidad, la verdadera Dirección de Cultura la llevaba puesta Ariel Ferraro como se lleva la ropa que uno viste». Así definió alguna vez Mario Paoletti al gran poeta riojano. Esta es, entre otras, una de las grandes apreciaciones de la obra y la figura de Ferraro. Como la que leemos en una reciente nota de La Nueva Rioja, por Fernando Viano, cuando escribe sobre Serenata de greda (1954), con «imágenes enigmáticas, densidad barroca, un oído atento a la música secreta del habla y de la tierra»; o sobre El arcángel de los días, con «esa forma de nombrar el tiempo que nos preside instala desde el comienzo una tensión entre lo telúrico y lo metafísico: el paisaje no es paisaje si no lo atraviesan la memoria y el misterio». En La Rioja innominada (1960) «profundiza esa arqueología poética» o en La música secreta (1962), muestra «una sintaxis que va y vuelve, que abraza en lugar de recortar, que tantea los bordes de lo decible para, recién ahí, nombrar».
Ariel Ferraro nos propone leer los signos del pasado no como un archivo muerto, sino como un habla latente que merece ser visitada permanentemente y, parafraseando a Picasso, decía: «Lo que no es tradición, es plagio». En sus canciones no hay nada al azar ni vacío. Acaso en «Zamba del cercador», con música de Ramón Navarro, aparecen las voces marginadas cuando dice: «Ojalá que el hijo no me salga hachero, para que no sepa lo que no olvidé».
Coincidimos con varios amantes de la poesía: «Ferraro no fue un poeta «regional» en el sentido estrecho del término; fue un artesano del idioma que convirtió la materia de su tierra —la greda, el viento, el sol que blanquea, el rumor de las vidalas— en un idioma absoluto, capaz de hablarle a cualquier lector. Su poesía no se conforma con describir: excava. Y al hacerlo, nos enseña que nombrar es también hacerse cargo de lo heredado».
También coincido con Hamlet Lima Quintana cuando en 1990 dijo: «Ariel Ferraro es uno de los más profundos poetas que Latinoamérica ha parido en la vorágine de esta tierra. Creo, con firmeza, que todavía no se ha prestado la atención debida a su obra. Una obra que, si existe la denominada y deseada literatura nacional, cumple con los necesarios requisitos para ser una de sus cumbres. Son los olvidos, las postergaciones que siempre debemos soportar en esta tierra».
En Ferraro, el cuerpo fue hecho palabras y las palabras hechas cuerpo, porque sus poemas no cubren la realidad con atajos; más bien comunican, con una respiración tan cercana, los lamentos de todos los tiempos. El resultado es una conquista estética plasmada en antologías y en discos con muchos de sus poemas musicalizados. La temática poética de Ferraro es lo suficientemente amplia como para hablar del amor, del carnaval, del Chacho Peñaloza o de Neruda. «La poesía de Ferraro tenía música; cada palabra tiene una rítmica que ayuda a construir la melodía», afirma Pancho Cabral.
Su gran amigo Ramón Navarro partió hace unos meses, y cuando hablaba de Ariel no solo hablaba de su obra: «Su inmensa poesía aludía no solo a nuestro lugar y nuestro paisaje, sino también al hombre». Al completar la frase soñamos que Ramoncito ya no debe estar buscando más «el latido musical de sus palabras»; ya debe estar mano a mano con el cuerpo de esas palabras y totalmente convencido de que «deben ser cantados siempre».
Recuerdo llevar a la radio a un riojano que se sabía de memoria una docena de poemas que dejaron anonadado a Tom Lupo. Recuerdo las primeras chayas y esas voces esdrújulas y cóncavas hablándome de Daniel Moyano como un patrimonio. Recuerdo los versos de la tierra que cada tanto me regala David Gatica. Recuerdo el decir de un Carlos Ferreyra, la pluma de Ramiro González…
Entonces, ¿cómo me voy a olvidar de la luz del Famatina y de esas cinco mujeres que en un camino estrecho pararon a una multinacional? ¿Cómo me voy a olvidar de Ferraro, que es el único que desvela horizontes? ¿Cómo olvidarme del pañuelo blanco de Alba Lanzillotto y de ese nieto 121 que le dio una de las mejores sonrisas de la vida? No me pregunten. Aprendí de Ferraro: si no desvelo el horizonte, él me desvela a mí.
ARIEL FERRARO 20 de septiembre de 1925 — ∞»

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